Este especie de retruécano o juego lingüístico es muy común. Como cuando se compara el cerebro con un ordenador o computadora. O el cuerpo con una máquina. Son ejercicios retóricos que corren el riesgo de convertirse en distorsiones cognitivas.
Y es que nos cuesta aceptar la complejidad y diversidad de lo real, y buscamos el modo de hacerla más digerible, reduciendo la cantidad e importancia de algunas variables.
Recuerdo el impacto que me generó la lectura de un libro de texto de física en mi adolescencia. Comenzaba a modo de preámbulo afirmando que no existía la quietud absoluta, que todo estaba en movimiento perpetuo pero que, a efecto de poder estudiar el movimiento se convenía generar un momento cero, un centro de coordenadas y un concepto denominado reposo, en el que nos abstraíamos de todo aquello que no nos interesaba para estudiar la dinámica de los cuerpos. A continuación pasaba a hablar de movimientos, resistencias, espacio, tiempo, velocidad, aceleración, etcétera.Pero a mí me clavó el dardo del escepticismo para siempre. Todo lo que iba a estudiar era una convención. Una fragmentación de una realidad tan compleja, tan inabarcable, que nos rendíamos desde el primer momento ante ella. A cambio, construíamos un universo domesticado en el que averiguar ciertas cosas, en el que jugar con diversos elementos... pero desde entonces siempre respiraba un cierto aroma de falsedad, de incompletitud, de estar haciendo trampa para poder sobreponerse a la situación. Algo no muy diferente a lo que yo mismo hacía cuando generaba espacios de juego para mis figuritas con las que cosntruía escenarios, acciones e historias: Una ficción.
Ese convencimiento adolescente de que toda ciencia era ficción hizo que no me sorprendiera en la edad adulta cuando una cierta escuela esotérica en la que estudié, pretendía iniciarme a la realidad trascendente desvelándome que el plano astral -en una mejor traducción la dimensión astral- es un constructo humano. Así pues quedaba ratificada la evidencia del autoengaño colectivo. Los seres humanos con nuestros deseos y capacidades, que incluyen el parásito de la conciencia llamado ego, recreamos un universo manejable y ficticio. Este universo que no deja de ser una sóla dimensión, se ha convertido en la zona de confort de la humanidad -aunque confort no indique se siempre sea confortable, agradable ni manejable- que nos aísla en una nuestra inmadurez colectiva de la experiencia directa del resto de dimensiones. Específicamente, según el modelo descrito por esta arcana Escuela, el plano astral es el gran obstáculo entre las dimensiones inferiores denominadas en su conjunto personalidad, y las dimensiones superiores, campo de la llamada alma, antesala del aún más sutil espíritu.
Y es que, al igual que en el afamado cuento de Borges, pretender hacer una maqueta completamente realista del imperio llevaría al emperador a construir otro imperio idéntico. Pero en el proceso, los propios constructores no sabrían si habitan en el imperio o en su construido modelo. ¿Acaso no es eso lo que nos sucede en cierto modo a todos cuando nuestras vidas se limitan a la experiencia cultural de cocrear un mundo heredado, pleno de mandatos y reglas pero distante de nuestra realidad más sutil?
Puesto que el mapa no es el territorio, pero nuestra vida se desarrolla dentro mapas, maquetas y modelos, estudiar, investigar y comprender como se construyen quizás sea un modo de desentrañar y recuperar la capacidad de atravesarlos para salir de la zona de confort egoica y alcanzar la tierra prometida donde habitan auténticamente las almas que somos.
A este respecto, Fulcanelli, en su descripción del mito del laberinto y del modo de salir de él, puede estar aportándonos uno de los símbolos esenciales de transformación de nuestras vidas.